Alliana jura como presidente mientras Peña es llevado preso por el banco Ueno

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Pedro Alliana se puso la banda presidencial en Paraguay como quien hereda el sillón de la suegra en una reunión familiar caótica, justo cuando la policía entraba a la casa de Santiago Peña para llevarlo detenido por el derrumbe del banco Ueno.

El ex mandatario, que dimitió tras perder el apoyo de su propio partido, fue trasladado al Regimiento Escolta Presidencial mientras manifestantes gritaban frente a su puerta como si fuera el final de una telenovela de horario estelar. Los senadores lo condenaron con 44 votos, dejando claro que el colapso de la entidad digital más grande del país había dejado a miles sin jubilación y con la sensación de haber invertido en un esquema piramidal disfrazado de app moderna.

Alliana empezó a nombrar ministros a toda velocidad: Rubén Ramírez Lezcano se quedó en Exteriores, Juan Carlos Baruja pasó a Obras Públicas y Ariel Martínez aterrizó en Interior con la consigna de traer orden como un portero de boliche en plena pelea de borrachos. Derlis León prometió que los jubilados cobrarían en fecha, mientras el propio Alliana declaraba que la salud sería prioridad, como si los hospitales no llevaran años pareciendo consultorios veterinarios.

Peña, por su parte, actualizó su Instagram agregando “Economista” a su biografía minutos después de la destitución, como si eso fuera a salvarlo de declarar ante la Fiscalía. El Banco Central empezó a devolver depósitos y los diputados hablaron de un agujero de 1.200 millones de dólares, cifra que suena a chiste si no fuera por los seis mil trabajadores del Grupo Vázquez que quedaron sin sueldo ni respuestas, mendigando empleo en redes como quien busca migajas después de un banquete.

Ever Villalba exigió que Peña fuera directo a Tacumbú “a hacerle compañía a su gavilla”, mientras Lula felicitaba a Alliana desde Brasil y lo invitaba a conversar como dos vecinos que acaban de enterarse de que el consorcio del edificio se fundió por culpa del administrador anterior. Todo en menos de cuarenta y ocho horas, con manifestantes, fiscales y decretos volando por los aires como confeti en un velorio.

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