El primogénito de Jair Bolsonaro decidió que Brasil ya no era el mejor escenario para sus monólogos y se largó a Miami como quien abandona una fiesta donde el anfitrión le confiscó el micrófono. Desde allí anunció que concederá entrevistas sin cortes ni filtros, porque según él en su país solo puede hablar si el juez Alexandre de Moraes le da permiso para respirar.
El senador del PL acusó a la televisión de negarse a dejarlo defenderse sin tijeras editoriales. Apuntó especialmente contra TV Globo, a la que comparó con una suegra que te invita a cenar pero te prohíbe mencionar que el guiso sabe a quemado. El canal prefirió emitir un reportaje sin su participación antes que arriesgarse a que soltara todo lo que tiene guardado.
El viaje resultó tan rocambolesco como una novela de Jorge Amado: salió por Argentina, hizo escala en Ecuador y aterrizó en Florida con visa temporal. El secretario de Estado Marco Rubio aclaró que Estados Unidos no organizó el traslado, aunque sí le permitió entrar como quien deja pasar a un pariente molesto para que no arme escándalo en la puerta.
Desde Miami, Flávio insiste en que padece persecución judicial y que su padre está preso por intentar lo que él mismo llama “un ajuste de cuentas con la democracia”. Mientras tanto, sigue presentándose como el “líder” del país, título que se otorgó a sí mismo después de perder las elecciones por tres puntos y medio. En resumen, el hijo mayor del expresidente encontró la libertad de expresión donde siempre la hallan los que huyen: a varios miles de kilómetros de casa y con pasaporte retenido.




