Marco Rubio abrió la puerta del G20 como quien invita a la suegra a cenar sabiendo que va a criticar el guiso. Lavrov llegó con su cara de pocos amigos y los europeos ya se negaron hasta a la foto grupal, como si posar junto al ruso fuera contagioso de mala suerte.
La reunión empezó torcida desde el primer café. Nadie quiere hablar de Ucrania sin que salten chispas, y el tema de Irán y el estrecho de Ormuz se convirtió en un regateo de precios de la luz que parece más telenovela que diplomacia. Trump, desde su complejo cerca de Miami, ya anda promocionando diésel ruso como si fuera oferta del súper.
Los precios de la energía subieron como la espuma después del bloqueo, y Washington pide ayuda a Moscú para que no explote todo antes de las elecciones. Mientras tanto, China mandó a un suplente porque Wang Yi prefirió quedarse viendo el partido en casa.
Al final, el G20 parece más una junta de vecinos enfadados por la cuota de la comunidad que una cumbre seria. Rubio insiste en que la seguridad y la economía van de la mano, pero por ahora lo único que va de la mano es el riesgo de que todo termine en un grito más alto que el de un árbitro en el clásico.




