El canciller Francisco Pérez Mackenna, con traje de explorador y cara de quien acaba de descubrir que el hielo pica, lanzó desde Punta Arenas la 63ª Expedición Científica Antártica. Según sus palabras, la ciudad austral ya no es solo el último bar decente antes del vacío blanco, sino la puerta de entrada oficial para cualquiera que quiera estudiar pingüinos sin que le cobren en dólares.
De doce países que usaban el puerto en 2004, ahora son veintiuno los que llegan con maletas llenas de sensores, gorros de lana y excusas para no volver hasta marzo. Otros ocho aparecen de vez en cuando, como el amigo que dice “solo paso a saludar” y termina quedándose tres meses a comer charqui gratis.
La nueva temporada contempla cincuenta proyectos y más de ciento cincuenta científicos dispuestos a congelarse las partes más sensibles del cuerpo en nombre de la ciencia estratégica. Porque, como explicó el ministro, la Antártica no es solo hielo: es política exterior con carámbanos. Estudiar el continente blanco sirve para recordarles al resto del planeta que Chile llegó primero, plantó una bandera y desde entonces nadie se ha atrevido a decir que el territorio es de otro.
Entre las bases chilenas sigue destacando la Arturo Prat, la más antigua, que sigue en pie como testimonio de que los militares también pueden sobrevivir sin delivery. Las demás están repartidas entre el Instituto Antártico Chileno y las Fuerzas Armadas, porque alguien tiene que mantener el orden cuando los pingüinos empiezan a discutir sobre soberanía.
El glaciar Unión, a mil kilómetros del Polo Sur, será escenario de investigaciones que probablemente terminen demostrando que hace frío, que el viento es molesto y que los presupuestos se derriten más rápido que el hielo que intentan medir. Mientras tanto, Punta Arenas sigue cobrando por puerto, aeropuerto y servicios varios, convertida en la única ciudad del mundo donde el turismo científico deja propina en forma de combustible para aviones.




