El senador brasileño Flávio Bolsonaro y su familia subieron a un Gulfstream G400 como si fueran ladrones de banco en una película de los años setenta, despegando desde Puerto Iguazú con destino a Estados Unidos y una parada en Guayaquil para cargar combustible y nervios.
La aeronave, matrícula argentina y todo, llevaba ocho pasajeros que parecían más preocupados por la Policía Federal que por el mal tiempo. El avión había llegado el lunes desde Buenos Aires y se quedó allí como invitado que no sabe cuándo marcharse, mientras los trámites de aduana y migraciones se tramitaban a toda prisa.
Flávio contó en un video que agentes lo interceptaron frente a la casa de su padre en Brasilia para quitarle los pasaportes y prohibirle salir del país. La medida, atribuida al juez Alexandre de Moraes, llegó justo después de la derrota electoral y está vinculada a investigaciones por lavado de dinero y vínculos con apuestas y un abogado amigo.
El vuelo evitó territorio brasileño como quien esquiva a la suegra en Nochebuena. Mientras tanto, el Tribunal Supremo y la Policía Federal guardaron silencio, dejando que la historia vuele sola rumbo al norte, con escala en Ecuador y sin escala en la cárcel.




