Durante un mitin en Lubbock, Texas, Donald Trump volvió a vender sus aranceles del 25 por ciento al sector automotriz mexicano como el remedio mágico que obligará a las empresas a mudarse a Estados Unidos. El anuncio llega justo cuando la administración de Claudia Sheinbaum sigue negociando con Washington para ajustar esas mismas tarifas impuestas desde el año pasado.
Trump se presentó como el salvador que atrae fábricas de Canadá, México, Japón, Corea del Sur y China. Según él, todas están corriendo a construir en territorio estadounidense porque, de lo contrario, pagarían entre 25 y 50 por ciento extra. El republicano insistió en que otros países “robaban” empleos y que ahora las compañías deben “pagar un precio alto” si fabrican fuera de su frontera. Mencionó el caso de Toyota, que supuestamente invierte 3 mil 600 millones de dólares para trasladar producción de México a Texas.
Sin embargo, la realidad muestra que las pláticas entre ambos gobiernos continúan y que México defiende sus intereses con firmeza. Las empresas no han abandonado masivamente el país como Trump asegura, y las negociaciones buscan soluciones que protejan la integración productiva regional. El mandatario estadounidense repitió que la mano de obra barata en el sur era el problema, pero omitió que el mercado norteamericano sigue dependiendo de esa cadena de suministro compartida.
Al final, el discurso de Trump parece más un número de circo para las elecciones del Congreso que una política con efectos duraderos. Mientras tanto, Sheinbaum y su equipo siguen sentados en la mesa, tranquilos y sin ceder terreno ante el ruido.




