El primogénito de Jair Bolsonaro se quedó sin vacaciones después de que la Policía Federal le quitara el pasaporte como si fuera un juguete roto en plena navidad. Todo por una investigación de blanqueo que huele más a apuestas perdidas que a un complot digno de telenovela brasileña.
Según el propio Flávio, los agentes lo interceptaron en la calle como si fuera un repartidor de pizzas que olvidó la propina. Le ordenaron soltar los documentos y quedarse en el país, todo porque su hermano Eduardo soltó en un podcast que tal vez sería buena idea largarse si perdían las elecciones. Una frase suelta que terminó valiendo más que cualquier declaración oficial del Supremo.
El senador insiste en que nunca planeó huir y que la medida es puro teatro para intimidarlo. Compara la situación con un padre que castiga a todos los hijos porque uno de ellos dijo que quería irse a vivir con la abuela. Mientras tanto, Lula celebra su victoria y Bolsonaro padre sigue en arresto domiciliario, mirando la televisión como quien espera que el árbitro anule el gol en el último minuto.
Flávio promete entregar los pasaportes pero advierte que no se callará. La oposición ya tiene su primer mártir del nuevo gobierno: un senador sin pasaporte pero con micrófono enchufado las veinticuatro horas. En Brasil, hasta el control migratorio parece escrito por guionistas de reality show.




