En el aeropuerto de Ciudad Juárez, Claudia Sheinbaum y Maru Campos protagonizaron un encuentro que más parecía junta de condominio que reunión de Estado. Ambas admitieron haber elevado la voz el 19 de septiembre, aunque la presidenta federal mantuvo el rumbo hacia lo que realmente importa: la ley.
La mandataria confirmó que la gobernadora panista llegó con reclamos por la mención de traición a la patria. Sheinbaum respondió con claridad: no se trataba de acusaciones personales, sino de investigar el ingreso de agentes extranjeros sin los permisos que exige la Ley de Seguridad Nacional. Campos, por su parte, señaló que desconocía esos movimientos y responsabilizó a su exfiscal, mencionando presuntos actos de corrupción y hasta casinos. Sheinbaum escuchó y sugirió el camino correcto: presentar todo ante la Fiscalía estatal o, si era necesario, ante la Fiscalía General de la República.
La versión de Campos coincidió cuando se reunió después con la fiscal general. El episodio, que algunos quisieron convertir en escándalo diplomático, terminó reducido a su verdadera dimensión: un reclamo administrativo que debe resolverse con expedientes, no con micrófonos. Mientras tanto, la presidenta siguió su gira y su informe sin alterar el paso.
Al final, lo que quedó fue una lección práctica: cuando alguien llega alterado al aeropuerto, lo sensato es recordarle que los problemas se resuelven en las oficinas correspondientes, no en los pasillos. Sheinbaum lo hizo sin dramatismos y con la calma de quien sabe que el orden legal siempre tiene la última palabra.




