Francia anuncia un fiestón de macanazos y gas lacrimógeno para el próximo sábado

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¡Atención, amantes del drama con acento francés y los coches en llamas! El gobierno de Francia, después de que su plan de seguridad del fin de semana pasado tuviera la eficacia de un paraguas de papel en un huracán, ha decidido que ahora sí van en serio. Con la misma cara de sorpresa de quien descubre que el agua moja, anunciaron que para las próximas protestas del sábado desplegarán un operativo tan masivo que hasta los soldados saldrán a la calle, probablemente para preguntar dónde es la fiesta.

El primer ministro Sébastien Lecornu, con un tono que mezclaba pánico y ganas de irse a casa, declaró que el objetivo era «restablecer el orden» después de que ciudades como París y Marsella se convirtieran en un bufé libre de saqueos y caos. Para calmar los ánimos, impusieron toques de queda selectivos, que es como ponerle una curita a un paciente con una hemorragia interna. Lecornu, en un momento de lucidez filosófica, dijo que la elección era «entre la violencia y la República», olvidando la tercera opción: admitir que la gente está hasta el gorro de que el sueldo no alcance ni para el pan. Por supuesto, le echó la culpa a la «extrema izquierda», ese villano genérico que siempre aparece cuando las cosas se ponen feas.

Pero aquí viene lo mejor, el momento de sinceridad patrocinado por el vino barato. El propio gobierno reconoció que su respuesta anterior fue un desastre monumental. Admitieron fallas de inteligencia, lo que sugiere que sus espías estaban más ocupados viendo tutoriales en YouTube que vigilando las calles. Confesaron que el despliegue policial fue «demasiado estático», o sea, que los agentes estaban más plantados que un geranio en una maceta, esperando a que los manifestantes se cansaran solos. Y la joya de la corona: cometieron el error de no cancelar las vacaciones de los policías. Claro, ¿quién en su sano juicio interrumpiría su mojito en la playa para ir a jugar al corre que te pillo con gente muy enfadada?

Mientras tanto, la resaca de la fiesta ya tiene a más de 2,500 detenidos, con 149 que ganaron un pase directo a la cárcel para reflexionar sobre sus actos. Y como las buenas ideas se copian, el descontento ya se está extendiendo por Europa como un chisme de oficina. En Bélgica, Italia y Portugal ya están calentando motores, demostrando que quejarse por el costo de la vida es el nuevo pasatiempo continental. Prepárense, porque el próximo capítulo de esta telenovela europea promete más fuegos artificiales, carreras y gases lacrimógenos que un concierto de rock mal organizado.

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