En un episodio más de «Arréglame este pleito o te quito el internet», el enviado especial de la Casa Blanca, Steve Witkoff, se fue de gira por Europa para oficiar la reunión de vecinos más tensa del planeta. Después de una charla «constructiva» con Volodímir Zelenski en Oslo, que sonó más a terapia de pareja forzada, el mandadero de lujo se prepara para verse las caras con Vladimir Putin, mientras su jefe, Donald Trump, tuitea desde el baño que ya se den la mano y dejen de fastidiar.
Según un funcionario que pidió el anonimato para no perder su lugar en la quiniela de la oficina, Ucrania llegó a la mesa con «ideas frescas», probablemente escritas en una servilleta durante el vuelo. Al parecer, lograron «avances significativos» para coordinarse, lo que en lenguaje diplomático significa que al menos se pusieron de acuerdo en qué pedir para el almuerzo. Sobre la mesa pusieron un «marco de paz integral» que incluye garantías de seguridad (un cupón de «vale por un no te invado»), un plan económico para la posguerra (organizar una kermés gigante) y una nueva arquitectura de seguridad europea (básicamente, ponerle doble cerradura a las fronteras).
Mientras tanto, en Washington, el presidente Trump, con la paciencia de quien lleva tres horas en el tráfico, declaró a la prensa que Zelenski «tiene que llegar a un acuerdo». El líder ucraniano, por su parte, viajó a Oslo a tratar de hacerle la barba a Washington, cuya amistad se ha enfriado más que el corazón de un agente de tránsito. Kyiv se había quejado amargamente de que les habían cortado el apoyo militar y cambiado la contraseña del wifi de los satélites espía. Afortunadamente, tras la charla, parece que ya les volvieron a pasar las alertas de misiles, como quien te devuelve el acceso a la cuenta de Netflix familiar.
Ahora, el pobre Witkoff vuela a San Petersburgo con una carpeta llena de propuestas para Putin, con la esperanza de organizar una reunión trilateral que promete ser más incómoda que encontrarte a tu ex en la boda de tu primo. Zelenski insiste en que quiere esa cumbre a tres bandas, seguramente para ver si, con todos en la misma habitación, finalmente alguien se anima a decir quién se va a quedar con el perro al final de este divorcio geopolítico.




