La fiesta de la inteligencia artificial parece que llegó a su fin con una resaca monumental, de esas que te hacen prometer no volver a tocar un algoritmo en tu vida. El sector tecnológico tiembla más que un flan en una lavadora, y los inversores tienen la misma cara de pánico que alguien que se da cuenta de que olvidó el aniversario de bodas. El dólar, por su parte, se ha debilitado tanto que ya pide permiso para entrar a su propia cartera.
El epicentro del desastre parece estar en Asia, donde el índice Kospi de Corea del Sur se fue de bruces con una caída del 4,2 %. Pero la verdadera joya de la corona fue la empresa de centros de datos Elice Inc., que se estrenó en la bolsa y se pegó un porrazo del 33 %. Ni un paracaídas de plomo caería tan rápido, demostrando que la confianza en la nube es tan sólida como una gelatina bajo el sol de agosto.
Como siempre, aparecen los expertos a decir lo obvio con palabras rimbombantes. Un analista declaró que para que el mercado se aclare, «aún debemos esperar a ver qué sucede con los próximos resultados». Básicamente, nos dijo que hay que esperar a ver si el edificio se cae del todo o si solo se agrietan las paredes. Gracias por la revelación, capitán Obvio.
Esta semana es el juicio final para varios gigantes tecnológicos, que presentarán sus resultados como un estudiante que entrega un examen sabiendo que no estudió nada. Meta, Tesla y Netflix están en la cuerda floja, y todo el mundo está conteniendo la respiración para ver si el supuesto auge de la inteligencia artificial era real o solo un espejismo colectivo. El índice de semiconductores de Filadelfia ya venía de una racha de ocho días de pérdidas, la más larga desde el lejano 2008.
Y por si el drama tecnológico fuera poco, el resto del mundo no está para tirar cohetes. Los bonos del Tesoro estadounidense pierden valor como si fueran cromos repetidos, mientras que los bonos franceses sufren por las violentas protestas del fin de semana. Parece que la única inversión segura en estos momentos es una buena provisión de café y paciencia para aguantar el chaparrón.
Al final, los inversores están más nerviosos que un gato en una habitación llena de mecedoras, esperando los resultados de las grandes tecnológicas para decidir si huyen en desbandada o si todavía queda algo que rescatar del incendio. Mientras tanto, el sentimiento general es que el futuro de la economía depende de un puñado de empresas que, hasta hace poco, se dedicaban a que tu tía viera videos de gatitos.



