Agarren sus cascos, porque la confianza de los constructores en Estados Unidos se ha estrellado contra el piso con más fuerza que un yunque en una caricatura. El índice que mide su optimismo cayó a 29 puntos, una cifra tan deprimente que no se veía desde junio de 2012, cuando todavía creíamos que el mundo se acabaría ese año. Parece que el coctel de conflictos en Medio Oriente y unas tasas de interés que suben más rápido que la espuma de la cerveza no le sienta bien al negocio del ladrillo.
El principal villano de esta película de terror es la tasa hipotecaria, que ya trepó a un escalofriante 7.40%. Con esos números, pedir un crédito para una casa se siente como firmar un pacto con el diablo, pero con más papeleo y menos beneficios sobrenaturales. Los economistas, que adoran ponerle nombres dramáticos a todo, ya lo llaman una “crisis de asequibilidad”, que es su forma elegante de decir que la mayoría necesita ganar la lotería para comprar un cuartito con jardín.
Por si fuera poco, el presidente de la asociación de constructores, Bill Owens, se lamenta de que les faltan trabajadores como a fiesta sin música. Aparentemente, las medidas de control migratorio han espantado a la mano de obra, mientras los costos del diésel y los materiales de construcción se inflan como globo de feria. Y para rematar, el entonces presidente Donald Trump, en un alarde de empatía, calificó una ley de vivienda asequible como “un gran aburrimiento”, demostrando que sus prioridades estaban más claras que el agua de un charco.
Con este panorama, los constructores se han quedado con más casas nuevas sin vender que un político con promesas incumplidas. La desesperación es tal que el 43% de ellos ha tenido que rebajar los precios, como si estuvieran en una venta de liquidación de fin de temporada. Eso sí, la rebajita promedio es de un modesto 6.0%, lo suficiente para comprar las cortinas y quizás la alfombra de la entrada, pero no mucho más.
Así que el mercado inmobiliario gringo está atrapado en un callejón sin salida: si bajan los precios, los constructores pierden; si las tasas no bajan, nadie puede comprar. Es un ciclo vicioso más enredado que los audífonos en el bolsillo. Básicamente, el sueño americano de la casa propia está en pausa, esperando a que alguien encuentre el botón de reinicio o, en su defecto, que las casas empiecen a venir de regalo en las cajas de cereal.



