Falta menos de una semana para que Brasil decida su destino, en un drama más intenso que el final de una telenovela de las nueve. De un lado tenemos a Lula da Silva, el veterano de la izquierda que busca un último baile, y del otro a Flávio Bolsonaro, el heredero de la derecha dura que quiere seguir con la fiesta. La mayor economía de Latinoamérica está a punto de elegir entre dos menús que no podrían ser más diferentes, y el resto del continente mira con palomitas en la mano.
Las encuestas son un chiste que se cuenta solo, con una diferencia tan pequeña que el margen de error podría ser el primo borracho que vota por el que le caiga mejor ese día. Una encuesta le da a Bolsonaro un 50,3% contra el 49,7% de Lula, mientras que otra los pone con 51% y 49% respectivamente. Una tercera, para no quedarse atrás, declara un empate técnico del 50%, básicamente diciéndole al país: «arréglense como puedan».
El último debate presidencial fue menos un intercambio de ideas y más una pelea de bar a punto de cerrarse. Bolsonaro le echó en cara a Lula que el 73% de los presos votaron por él, a lo que el expresidente respondió con la sutileza de un martillo: «Yo quiero que vote el 100%, incluido tu padre». Luego, como manda la tradición, Bolsonaro sacó a pasear a los fantasmas de Ortega y Maduro, los amigos impresentables de la izquierda.
Para combatir la inseguridad, las propuestas son un reflejo perfecto de sus personalidades. Lula quiere fortalecer un tal Sistema Único de Seguridad Pública y soltar diez mil millones de reales para que los estados se compren juguetes nuevos. Suena a que quiere vencer al crimen organizado a punta de reuniones, comités y muchas siglas burocráticas.
Bolsonaro, por su parte, propone una solución más parecida al guion de una película de acción de bajo presupuesto. Quiere declarar a las bandas como «narcoterroristas», construir cinco nuevas cárceles de máxima seguridad inspiradas en el modelo de El Salvador y crear medio millón de nuevas plazas en el sistema penitenciario. Básicamente, su plan es construir tantos penales que la única duda será cuál tiene la mejor vista.
Así que Brasil está en una encrucijada, a punto de elegir entre un político que ofrece un fondo de inversión y otro que ofrece una celda de concreto. Gane quien gane, una cosa es segura: los próximos cuatro años estarán llenos de material para memes, y eso, al menos, es un consuelo para todos.



