Parece que los inversores del mundo se aburrieron de las economías estables y ahora ven a Venezuela como el equivalente a un videojuego en modo experto. Según Esteban Torbar, el organizador de la cumbre para emprendedores tecnológicos del país, hay un creciente interés por meterle dinero a una nación donde cada día es una nueva aventura. Es la última moda: venir a un mercado lleno de “oportunidades”, que es la forma elegante de decir que hay tantos problemas por resolver que cualquiera con una idea y un generador eléctrico puede hacerse de oro. El mensaje es claro: si te gusta la adrenalina y las emociones fuertes, Wall Street es para niños.
La lógica de venta es tan simple que asusta: ¿por qué hay tan pocos emprendimientos tecnológicos si sobran los problemas? Para los inversores, esto es como llegar a una fiesta y descubrir que toda la comida y la bebida son para ti solo. Torbar asegura que se sorprenden al ver un campo tan virgen, listo para ser explotado. Es una mentalidad de conquistador del siglo XXI, pero en lugar de buscar El Dorado, buscan una aplicación que funcione con el internet intermitente.
Para darle un toque de legitimidad a esta fiebre del oro digital, el evento traerá a pesos pesados como el magnate Richard Branson y a Adriana Cisneros. La presencia de un multimillonario que planea viajes al espacio es, aparentemente, la señal definitiva de que las oportunidades en Venezuela son de otra galaxia. Es como si tu mecánico de confianza, para demostrar que su taller es el mejor, invitara a un piloto de Fórmula 1 a cambiar el aceite. La estrategia parece funcionar, pues las entradas para ver a Branson se agotaron más rápido que la paciencia en una cola.
Los sectores más prometedores son aquellos donde el caos es más evidente, como el financiero, que representa menos del 5% del producto interno bruto. En ese páramo ha florecido Cashea, una plataforma para comprar a crédito que demuestra que hasta en las peores condiciones se puede hacer negocio. Otro filón es la energía, donde las fallas eléctricas constantes son básicamente una campaña de publicidad gratuita para cualquiera que venda soluciones energéticas. ¡Cada apagón es un cliente potencial!
La cereza del pastel es el regreso de los “hijos pródigos”: emprendedores venezolanos que se fueron del país, aprendieron cómo funciona el capitalismo de verdad y ahora vuelven con el manual bajo el brazo. Son la caballería que llega con la experiencia y los contactos para acelerar el proceso de maduración del ecosistema. Vienen a aplicar en casa todo lo que aprendieron en mercados donde la electricidad es un servicio y no un milagro.
Al final, todo este castillo de naipes se sostiene sobre una sola palabra: “confianza”, según Torbar. Se trata de esa fe ciega que te hace invertir en un lugar con la esperanza de que, en cinco años, se convierta en una potencia latinoamericana. Es la misma confianza con la que uno se sube a una montaña rusa vieja, esperando que los tornillos aguanten una vuelta más.



