En un ataque de celos tecnológicos que ni tu ex más dramática, la administración Trump ha decidido sacar la escoba y barrer de sus oficinas cualquier rastro de la inteligencia artificial china DeepSeek. La orden es clara y contundente: todas las agencias gubernamentales deben desinstalar de inmediato este programa, bajo la sospecha de que podría ser una amenaza para la seguridad nacional. Básicamente, le tienen el mismo miedo que a conectar un dispositivo USB encontrado en el suelo del metro.
El meollo del asunto es que a los gringos les entró el pánico de que DeepSeek, cual chismoso de vecindario, esté recopilando datos sensibles de los usuarios y corriendo a contárselos al gobierno de Pekín. Según la orden oficial, la empresa queda vetada de cualquier contrato federal, lo que equivale a decirle en su cara que no solo no la invitan a la fiesta, sino que tampoco puede ni mirar por la ventana. Es el equivalente corporativo a un «no eres tú, soy yo… pero en realidad sí eres tú».
Pero la telenovela no acaba ahí, porque el chisme tiene su origen en una supuesta traición. Resulta que las grandes mentes de OpenAI acusaron a DeepSeek de aplicar la vieja confiable del «copia y pega», una técnica elegantemente llamada «destilación», para extraerle el conocimiento a los principales sistemas de inteligencia artificial de Estados Unidos y así construir su propio modelo. Es como si tu competencia abriera una taquería justo enfrente usando tu receta secreta de la salsa.
Este drama no es nuevo; el Pentágono ya había bloqueado el acceso al asistente conversacional de la empresa como si fuera una página prohibida en la computadora de la oficina. La Armada, por su parte, ya tenía sus propias reglas, equivalentes a un «no hables con extraños» pero aplicado a inteligencias artificiales de código abierto. Varios estados del país también habían puesto sus propios límites, demostrando que la desconfianza ya se estaba cocinando a fuego lento.
Al final, todo este lío no es más que el último capítulo de la gran pelea de gallos tecnológica entre Estados Unidos y China, donde se disputan quién tiene el cerebro digital más grande y potente. Mientras las corporaciones y los gobiernos se sacan los ojos, los usuarios comunes y corrientes solo esperamos que, gane quien gane, la inteligencia artificial del futuro al menos aprenda a hacer buenos memes y no nos domine a todos. O si lo hace, que por lo menos sea con algo de gracia.



