¿Recuerdan ese terror matutino de mirar el precio de la gasolina, esperando un infarto? Pues parece que en la Ciudad de México este 19 de octubre el drama se tomó un descanso. La única sorpresa es que no hay sorpresa, lo cual es la mejor clase de noticia que uno puede recibir.
La Comisión Nacional de Energía (CNE), el nuevo guardián que mandó a la CRE a un retiro anticipado, junto con la siempre vigilante Profeco, reportaron cifras que casi provocan un suspiro de alivio colectivo. La gasolina Magna, fiel compañera de batallas urbanas, se cotizó en un promedio de 23.853 pesos por litro, mientras que el diésel, el jugo de los gigantes de acero, marcó 26.975 pesos. Números que, por una vez, no parecen sacados de una película de terror financiero.
Este milagro de estabilidad tiene origen: un pacto firmado a inicios de 2025 entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el sector empresarial. El acuerdo, que más bien sonó a un «se calman o los calmo», estableció un techo sagrado de 24 pesos para la Magna. Y he aquí el resultado: el precio no solo respetó el límite, sino que hasta le hizo una reverencia. La CNE, actuando como brazo ejecutor de esta política, se asegura de que nadie se pase de listo, regulando todo cual réferi en una pelea contra un barril de petróleo con mal humor.
Así que, por ahora, los conductores capitalinos pueden llenar el tanque sin necesidad de vender un riñón o prometer su primogénito. Una hazaña de control que demuestra que los monstruos económicos pueden ser domesticados. Ahora solo falta no acostumbrarnos a lo bueno, no vaya a ser.



