Lula y Bolsonaro protagonizan un debate más tóxico que el grupo de WhatsApp familiar

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Agárrense los calzones, porque el último round televisado en Brasil antes de la segunda vuelta electoral fue menos un debate y más una sesión de terapia familiar disfuncional con cámaras. Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro se subieron al cuadrilátero para lanzarse acusaciones como si fueran sillas en una cantina de mala muerte, dejando claro que el próximo domingo el país no elige un presidente, sino al padrino de la pelea.

Informe El Chapucero

El primer campanazo sonó cuando empezaron a sacarse los trapos sucios de la familia, un espectáculo más jugoso que el último capítulo de tu telenovela favorita. Lula, con la mirada de quien ha visto demasiados episodios de «Caso Cerrado», le espetó a su rival: “La mentira es el fuerte de la familia Bolsonaro”. Flávio, ni corto ni perezoso, contraatacó cuando le preguntaron por un dinerito sospechoso: “Tu nariz está creciendo, Lula. Ten cuidado”. El rating subió tanto que los aparatos de Pinocho en todo el mundo sufrieron una sobrecarga.

Luego pasaron al tema de la seguridad, donde ambos se pusieron su disfraz de superhéroe de oferta. Flávio, con la música de «Rambo» sonando en su cabeza, prometió recuperar cada calle y cada barrio, declarándole la «guerra al narcoterrorismo». Su plan es tan sutil como una patada en la puerta: penas de 80 años y que los malos «estén presos o sean neutralizados», que en buen cristiano significa que o se rinden o terminan de abono para las macetas. Lula, por su parte, propuso la solución más emocionante de la historia: crear otro ministerio. ¡Guau! La burocracia tiembla de miedo.

El debate se convirtió después en una partida de «¿Adivina quién es mi amigo dictador?». Lula sacó la carta de Milei y Trump, preguntándole a Flávio si pensaba gobernar con una motosierra en la mano. Flávio respondió sacando las estampitas de Ortega y Maduro, insinuando que Lula quería convertir Brasil en una fila para comprar pan. Fue un intercambio de golpes bajos geopolíticos que dejó a los expertos en relaciones internacionales pidiendo un antiácido.

Para rematar el circo, en los últimos días ambos candidatos activaron el modo «Santa Claus de emergencia». Lula anda perdonando deudas y regalando becas, mientras el Congreso, en un ataque de generosidad preelectoral, aprobó dos días de descanso a la semana. Flávio, que antes pensaba que eso era para flojos, terminó votando a favor, no vaya a ser que lo dejen sin pastel. Mientras tanto, el pueblo brasileño come palomitas, esperando a ver si el próximo domingo eligen a un presidente o al ganador de un concurso de talentos para ver quién promete el paraíso más rápido.

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