Las acciones de CoreWeave tienen más picos y valles que el electrocardiograma de un hipocondríaco

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La empresa de computación en la nube CoreWeave protagonizó esta semana un circo financiero que ni el mejor guionista de telenovelas podría haber imaginado. Los inversionistas se vieron atrapados en un tira y afloja digno de competencia de pueblo, divididos entre los que creen que el apocalipsis de los bonos hundirá a la inteligencia artificial y los que piensan que la demanda de servidores es más fuerte que el amor de madre. El resultado fue una montaña rusa emocional que dejó a más de uno con náuseas y la cartera tiritando.

Informe El Chapucero

El drama comenzó con un desplome de pánico. Las acciones se hundieron un 20% en solo tres días, con una caída de más del 15% el miércoles que hizo sudar frío a todo el mercado. Para echarle más leña al fuego, el costo para proteger sus bonos contra un impago alcanzó un récord histórico, con los mercados calculando una probabilidad superior al 60% de que la empresa no pague sus deudas en los próximos cinco años. Básicamente, los números gritaban «¡Sálvese quien pueda!».

Pero cuando todo parecía perdido, apareció el héroe inesperado. Jensen Huang, el mandamás de Nvidia y uno de los principales socios de CoreWeave, salió a escena y dijo unas palabras de confianza, calmando a las masas como si fuera un flautista de Hamelín con traje de cuero. A este rescate se sumó el Deutsche Bank, que calificó la masacre como una «oportunidad de compra», lo que en lenguaje de mortales significa «compren barato mientras los demás lloran». Como por arte de magia, las acciones rebotaron y cerraron el jueves con una subida del 5,9%.

Sin embargo, la alegría duró menos que un salario en fin de mes. El viernes, el miedo volvió con sed de venganza y las acciones se desplomaron otro 12%. Al final de la semana, el saldo fue un descalabro del 25%, su peor resultado desde noviembre. El mercado demostró tener la estabilidad emocional de un adolescente al que le cortaron el internet, actuando bajo la nueva filosofía de «primero vende, y si eso luego preguntas qué pasó».

El meollo del asunto es que CoreWeave, como proveedor clave en la infraestructura de la IA, necesita construir centros de datos carísimos, y para eso pide dinero prestado emitiendo bonos. El problema es que, con la inflación más terca que una mula y los rendimientos de los bonos subiendo, financiar ese sueño tecnológico se está volviendo más caro que un aguacate en invierno. La empresa depende de la deuda de alto rendimiento como un náufrago de su balsa.

Así que, mientras la demanda de inteligencia artificial sigue superando a la oferta y promete un futuro brillante, la realidad financiera de CoreWeave es un campo minado. Los analistas están más divididos que una familia hablando de política en Navidad. Invertir aquí se parece cada vez más a jugar a la ruleta: emocionante, con potencial de hacerte rico, pero con una probabilidad altísima de que termines explicando en casa por qué tuviste que vender el televisor.

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