Después de un ‘tiempo’ de siete años, que en el lenguaje de las parejas tóxicas significa ‘te vi con otro’, Estados Unidos ha decidido que ya fue mucho drama y ha vuelto a plantar su bandera en Caracas. Y para que quede claro que esta vez la reconciliación va en serio, han enviado a un destacamento de marines, esos muchachos con cara de pocos amigos y músculos hasta en las pestañas, para custodiar su embajada.
La movida se produce después de que la embajada reabriera sus puertas en marzo, tras el pequeño detallito de que Estados Unidos interviniera militarmente y se llevara a Nicolás Maduro en una operación que, según dicen las malas lenguas, fue menos diplomática y más parecida a cuando te cae el cobrador de Coppel. Ahora, con Delcy Rodríguez al mando de la presidencia interina y practicando su mejor sonrisa para Donald Trump, las relaciones son tan fluidas que casi se puede oír el sonido de los contratos petroleros firmándose.
Según la publicación de Instagram de la embajada, que ahora parece más un perfil de alguien que superó a su ex, este es «otro paso para fortalecer las relaciones». En lenguaje de barrio, eso significa «pongo a mis primos más grandes en tu puerta para que no se te ocurra volver a las andadas». El Departamento de Estado y los marines tienen una «alianza histórica», lo que se traduce en que unos ponen la cara bonita y los otros se aseguran de que nadie se pase de listo.
Este regreso de los «Marine Security Guards» se suma a otras actividades que el personal militar yanqui ha estado haciendo en Venezuela, por pura casualidad, claro. Primero hicieron unos «simulacros de evacuación» en mayo, que sonaba más a un ensayo general por si la reconciliación no funcionaba. Luego, el Comando Sur coordinó «asistencia humanitaria» por unos terremotos, aprovechando que ya estaban por ahí con el equipamiento, como quien va a la tienda por cigarros y de paso arregla la tubería del vecino a martillazos.
Así que, mientras Washington recupera sus «mecanismos de seguridad diplomática», los marines en Caracas se aseguran de que todo marche sobre ruedas. Su misión: proteger al personal, las instalaciones y, probablemente, la máquina de café recién instalada. Porque una cosa es restablecer lazos diplomáticos y otra muy distinta es arriesgarse a que alguien le cambie la clave al wifi de la embajada. Hay prioridades.



