En un giro de guion más inesperado que encontrar aguacate barato en quincena, el expresidente Donald Trump decidió que las sanciones a Rusia eran tan de la temporada pasada como los pantalones acampanados. Con la elegancia de un elefante en una cristalería, firmó una orden para perdonarle la vida económica a su amigo del alma, Vladimir Putin, a cambio de que le llene el tanque de diésel a Estados Unidos.
Al parecer, Trump agarró la «Ley Lindsey Graham», que era básicamente un cinturón de castidad económico para Rusia, y la usó para limpiarse una mancha de cátsup de la corbata. La orden ejecutiva lo dice con una prosa digna de un poeta de microbús: «Por mis pistolas, dejo sin efecto todas esas cosas feas que el Congreso dijo sobre mis amigos rusos». Con esto, le dio luz verde al Kremlin, a sus jefazos y hasta a su «flota fantasma» de barcos piratas para que sigan haciendo de las suyas.
Como era de esperarse, al presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, esta jugada le cayó como patada de mula en el orgullo. La relación entre Washington y Kiev, que ya estaba más tensa que cuerda de guitarra de rockero, ahora amenaza con romperse. En un arrebato muy de «si no eres mío, no serás de nadie», las fuerzas ucranianas han decidido que si ellos no pueden tener amigos leales, los rusos no tendrán refinerías intactas, y han reanudado su gira de conciertos explosivos por todo el país.



