Mientras algunos desempolvaban sus guías de supervivencia, la Secretaría de Energía (Sener) salió el 16 de octubre a poner orden. Con la calma de un maestro ante un berrinche, informó que el abasto de combustible está más garantizado que los memes en el chat familiar, y que el precio de la gasolina regular se mantiene felizmente por debajo de los 24 pesos.
Del otro lado, Jorge Pedraza de la Adigal pintaba un cuadro de desastre. Al parecer, un «mar de fondo» y unos retrasos logísticos, equivalentes a una pizza que llega tarde, los llevaron a una crisis existencial. Describió a operadores pidiendo hasta 30 mil litros, como si se prepararan para cruzar el Sahara en un V8. Uno casi podía imaginarlos acumulando latas de atún junto a las bombas, esperando al camión cisterna como si fuera un navío de rescate. En respuesta a este melodrama, la Sener y Pemex simplemente bostezaron y recordaron los hechos. Con la serenidad de un monje, confirmaron que tanto ellos como los privados tienen inventarios hasta para regalar. La distribución, insistieron, sigue su curso sin alteraciones, completamente ajena a los pronósticos apocalípticos.
Así que, mientras un puñado de gasolineros se preparaba para una era postapocalíptica por unos buques demorados, el gobierno aseguró que el único drama real sería elegir entre magna o premium. El poder adquisitivo de las familias, a salvo de la histeria y los sobrecostos innecesarios.



