En un giro digno de un sitcom burocrático, México y Estados Unidos decidieron que sus aviones se extrañaban mutuamente. El Departamento de Transporte gringo, en un arrebato de sensatez, levantó las restricciones que impedían a aerolíneas mexicanas abrir nuevas rutas desde el AICM y el flamante AIFA hacia su territorio.
Claro, no sería una fiesta internacional sin el aguafiestas de turno. La FAA dejó una lista de 21 “observaciones”, que suenan más a la lista de quejas de un huésped de hotel hipocondriaco que a un problema real. Mientras tanto, el Instituto Nacional de Investigaciones Jurídicas-Aeronáuticas (Inija) ya sacó su bolita de cristal para predecir un apocalipsis presupuestario, asegurando que a la autoridad mexicana no le alcanza ni para los clips, proyectando un futuro donde los inspectores pagan su propio café. Según ellos, se necesita tecnología de punta, expertos de la NASA y sueldos de estrella de rock para atender las minucias.
La Agencia Federal de Aviación Civil (AFAC), por su parte, parece haber respondido con el equivalente a un encogimiento de hombros y un “lo tenemos”. Están lidiando con detalles como actualizar manuales y reforzar programas, tareas que para los pesimistas son el fin del mundo, pero para cualquier oficinista con cafeína son un martes cualquiera. El gobierno mexicano, enfocado en el premio gordo, celebró la decisión como una nueva era de cooperación, demostrando que mientras unos cuentan problemas, otros cuentan aviones despegando.
Así que, mientras los expertos se ahogan en un vaso de agua por 21 observaciones técnicas, el resto de nosotros podemos empezar a buscar vuelos baratos. La FAA volverá en diciembre, probablemente para asegurarse de que las grapas de los informes tengan el ángulo correcto. Un pequeño precio por la gloria.



