Parece que el Tío Sam confundió el presupuesto nacional con una cuenta de gastos de un rey Midas con resaca, porque acaba de cerrar el año fiscal con un déficit que da vértigo. El agujero en la billetera del país más poderoso del mundo creció un 12% hasta alcanzar la módica suma de 1.992 billones de dólares. Es tanto dinero que si lo pusieras en billetes de un dólar, probablemente podrías tapar el sol y causar una nueva era de hielo, lo cual al menos ayudaría con el calentamiento global.
La principal causa de este desastre financiero es tan absurda que parece sacada de un mal chiste. Resulta que un tribunal decidió anular unos aranceles que había puesto Donald Trump, y el gobierno tuvo que devolver la friolera de 145,000 millones de dólares. Es el equivalente fiscal a organizar la fiesta más cara del año, cobrar entrada y que al día siguiente la policía te obligue a devolverle el dinero a todos los invitados, además de pagarles el taxi de vuelta a casa.
Por si devolver una montaña de dinero no fuera suficiente, la deuda pública estadounidense decidió que también quería ser protagonista. La deuda total ya superó los 41 billones de dólares, una cifra con tantos ceros que parece el número de teléfono de un extraterrestre. Solo los intereses de esta monstruosidad aumentaron en 144,000 millones de dólares, demostrando que pedir prestado para pagar lo que debes es una estrategia tan sólida como construir un castillo de naipes durante un huracán.
La matemática del gobierno fue simple y aterradora: los gastos aumentaron el doble que los ingresos. Mientras los ciudadanos comunes hacen malabares para llegar a fin de mes, el gobierno gastó 386,000 millones de dólares adicionales como si el dinero creciera en los árboles del jardín de la Casa Blanca. Además, se dieron el lujo de aumentar el presupuesto de defensa en 48,000 millones, porque claramente lo que se necesitaba eran más juguetitos caros.
Lo irónico es que los ciudadanos de a pie sí hicieron su tarea, aportando 270,000 millones de dólares adicionales en impuestos gracias a que la economía no se fue del todo al traste. Pero este esfuerzo fue como intentar apagar un incendio forestal con una pistola de agua. Así que mientras usted se aprieta el cinturón, el Tío Sam lo usa para hacerse más agujeros. ¡Qué viva la administración financiera



