Emanuel «Vaquero» Navarrete, el hombre que colecciona cinturones como si fueran estampitas, estuvo a un suspiro de cambiar el ring por una obra en construcción. Antes de ser el terror del peso superpluma, su destino parecía estar más ligado al cemento y la varilla que a los uppercuts y los jabs.
Originario de San Juan Zitlaltepec, el «Vaquero» no soñaba con la gloria; de hecho, confesó que iba al gimnasio solo «por ir a echar desastre». Su carrera amateur fue una anomalía: con más de 100 peleas, admitió que a veces ni se presentaba a entrenar. Simplemente llegaba, peleaba contra tipos de 25 años siendo un adolescente y ganaba, como si su talento fuera un efecto secundario de evitar las tareas del hogar. Su padre, viendo este don en bruto, prácticamente tuvo que obligarlo a seguir. Ya como profesional, la crisis vocacional fue tan seria que estuvo a punto de retirarse para dedicarse a su otro gran talento: la albañilería. Afortunadamente, la leyenda Juan Manuel “Dinamita” Márquez intervino con un gancho de sentido común: «¡Vas a cometer un gran error!», le advirtió, salvando al boxeo de perder a su campeón más accidental. Gracias a ese sermón, Navarrete canalizó su extraña energía y conquistó tres divisiones, ostentando hoy los títulos superpluma de la OMB y la FIB. Su récord de 40 victorias, con 33 por la vía del sueño, es el monumento a una carrera que casi no fue.
El próximo 24 de octubre en Texas, este maestro de la construcción de legados buscará unificar campeonatos contra O’Shaquie Foster. Esperemos que a su rival no se le ocurra ofrecerle un contrato para remodelar el Frost Bank Center, no sea que al «Vaquero» le entre la nostalgia por el andamio y lo deje plantado.




