Imaginen organizar la fiesta del siglo y que los seis invitados VIP no aparecen porque olvidaron la cartera. Eso pasó en Monclova, donde la esperada subasta de Altos Hornos de México (AHMSA) se convirtió en el evento más desolado desde un monólogo de mimos sin público.
El plazo para depositar la módica garantía de 56.6 millones de dólares venció el 13 de octubre y, para sorpresa de nadie, ninguno de los seis postores precalificados se dignó a hacer la transferencia. La estrella del espectáculo fue CIESA, cuyo representante, José Arturo Domínguez Arteaga, había prometido hasta 1,400 millones de dólares, casi lo suficiente para comprar un pequeño país. Pidieron una prórroga de 90 días para «revisar los activos», que en lenguaje de negocios es sinónimo de «buscar dinero debajo de los cojines del sofá». Spoiler: no encontraron ni para el parquímetro.
Mientras tanto, el gobierno federal observa la escena con la paciencia de un monje zen viendo a un niño intentar armar un mueble de IKEA. Ismael Leija Escalante, del Sindicato Democrático, exigió investigar a los pretendientes que resultaron ser más humo que una fogata de llantas. La Sindicatura, pragmática, recordó que los acreedores serios, Cargil y Afirme, tienen un plan B para formar un consorcio, demostrando que siempre hay adultos responsables en la habitación.
Así, la subasta de AHMSA y su filial Minosa quedó más desierta que una convención de humildad en Hollywood. Los trabajadores de Coahuila y sus familias siguen en el limbo, esperando que el próximo postor al menos traiga un cheque certificado y no una promesa escrita en una servilleta de bar.




