Parece que en Colombia la luna de miel presidencial duró menos que una oferta de supermercado. Miles de ciudadanos desempolvaron las pancartas y las gargantas para salir a las calles en la primera gran queja masiva contra Abelardo de la Espriella, el nuevo mandamás que, al parecer, no venía con política de devolución. La convocatoria, liderada por el expresidente Gustavo Petro —quien dejó la vara de los subsidios bastante alta—, reunió a un variopinto grupo de sindicatos, estudiantes, indígenas y feministas que coreaban el clásico «¡va a caer!», un cántico que ya es más popular que cualquier éxito de verano.
El pánico colectivo es palpable. Un funcionario, envuelto en la bandera del arcoíris, confesó sentirse más en peligro que un vegano en un asado. Y no es para menos. Tras el gobierno de Petro, que repartió acceso a la universidad pública como si fueran volantes y subió el salario mínimo a un nivel que casi permitía llegar a fin de mes, la gente ahora siente que el nuevo papá postizo les va a quitar la paga semanal y los va a poner a hacer la tarea. «Lo poquito que logramos está a punto de desaparecer, como mi dignidad después de la fiesta de fin de año de la empresa», se lamentaba una profesora, probablemente mientras calculaba cuántos cafés menos podría comprarse.
Lo más curioso es que, mientras la turba protestaba, la capital estaba más despejada que la agenda de un político desempleado. Gracias al teletrabajo, la revolución se vivió desde la comodidad del sofá, en pijama y con interrupciones para atender reuniones por videoconferencia. En las calles, el ambiente era pacífico, aunque no faltó el toque internacional: los manifestantes, molestos por los nuevos amiguitos del presidente —Israel y el gobierno de Donald Trump—, ondearon banderas palestinas y organizaron una parrillada improvisada con una bandera estadounidense como carbón. Una forma de reciclaje, supongo.
Mientras tanto, el presidente De la Espriella, en un alarde de popularidad, decidió que la mejor forma de calmar los ánimos era facilitar el uso de la fuerza, llamando a la protesta «terrorismo urbano». Básicamente, si bloqueas una calle, podrías acabar conociendo al equipo antidisturbios más de cerca de lo que quisieras. «Intentan asustarnos, pero protestar es un derecho, como quejarse del árbitro en un partido de fútbol», opinaba un profesor, claramente dispuesto a sacarle tarjeta roja al gobierno. Para colmo, las comunidades indígenas están que arden porque les quieren «regular» su guardia, lo que suena a que te digan cómo organizar tu propio desorden.
Para rematar el cuadro, la esposa del presidente maneja las donaciones para un terremoto con la transparencia de un vaso de leche con chocolate, y el propio mandatario finaliza cada discurso con un potente «¡viva Cristo rey!», dejando a media nación preguntándose si votaron por un presidente o por el anfitrión de un campamento de verano religioso. Como resumió un estudiante con más ojeras que futuro: «La gente está más caliente que el asfalto en agosto, y esto apenas empieza».




