París.- En un giro dramático que nadie vio venir, excepto cualquiera que haya pagado una factura últimamente, los jóvenes franceses han descubierto que ser adulto es una estafa. Ayer, miles de estudiantes de secundaria y universitarios decidieron que ya era suficiente de ver maratones en Netflix y salieron a las calles en masa, aparentemente para practicar sus gritos antes de la gran manifestación nacional del sábado contra el «alto costo de la vida», también conocido como «el precio del aguacate está por las nubes».
Desde que comenzó este berrinche generacional hace unas semanas, los reclamos han escalado más rápido que la deuda de un ludópata. Ya no solo se quejan de que sus escuelas parecen sacadas de una película postapocalíptica, con más grietas que la autoestima de un oficinista un lunes. Ahora exigen la eliminación de «Parcoursup», una plataforma para entrar a la universidad que al parecer fue diseñada por el mismo demonio para causar ansiedad y crisis existenciales. Y, como quien no quiere la cosa, piden un plan de inversión de 10,000 millones de euros, porque soñar es gratis, pero renovar una escuela no.
Para añadirle más leña al fuego, la mismísima Greta Thunberg, la santa patrona de la indignación juvenil, hizo un cameo especial en un instituto en las afueras de París. Su presencia sirvió para aportar su patentada mirada de desaprobación, probablemente porque el aire francés no estaba lo suficientemente cargado de pánico existencial. Las cifras de manifestantes varían, como siempre: el gobierno dice que fueron unos cuantos miles, mientras que los sindicatos juveniles afirman que había más gente que en un concierto de Bad Bunny, con números que van desde los 161,500 hasta los 480,000, dependiendo de si contaron a las palomas.
La jornada en París se convirtió en un festival de gases lacrimógenos y cañones de agua, donde la policía y los manifestantes jugaron a una versión extrema de «los quemados». Mientras un grupo, liderado por políticos de izquierda que no pierden oportunidad para una foto, marchaba pacíficamente con pancartas cursis tipo «sin educación, no hay nación», otros preferían el diálogo contundente con adoquines. «Este año me gradúo y todavía no tengo profesor de inglés ni de física», se quejó Lise, una alumna que probablemente aprenderá más sobre la trayectoria de un proyectil que sobre las leyes de Newton.
Por su parte, Naouel, otra estudiante con la energía de quien acaba de descubrir el café, aseguró con firmeza: «Seguimos con el bloqueo, no vamos a ceder». Y así, Francia se prepara para otro fin de semana de caos, demostrando una vez más que la única cosa más predecible que una mala película de acción es un francés enojado con su gobierno. ¡Qué siga la fiesta




