En el último episodio de la tragicomedia geopolítica que nadie pidió pero que todos estamos obligados a ver, el gobierno ruso salió a presumir, con el pecho inflado como pavo real en celo, que las famosas sanciones europeas le hacen lo que el viento a Juárez. Resulta que, mientras Europa ponía cara de enojo y le aplicaba la «ley del hielo», por debajo de la mesa le estaba pasando una cantidad de dinero que haría llorar de envidia al Tío Rico McPato.
El viceprimer ministro de Energía ruso, un señor con cara de saber un chiste que tú no, anunció con una sonrisita que desde 2022 le han vendido a la Unión Europea la módica cantidad de 320,700 millones de dólares en gas y petróleo. ¡Tómala! Eso no es una sanción, es una propina de lujo. Con esa lana, Putin podría comprarse una isla privada, ponerle su nombre y todavía le sobraría para pagarle el psicólogo a todo el continente europeo por su crisis de identidad.
Así que, mientras los líderes de la UE declaran con solemnidad que están «castigando duramente» a Rusia, sus ciudadanos siguen encendiendo la calefacción gracias al mismísimo gas del «castigado». Es la versión internacional del «te odio, pero no me dejes». La moraleja de esta historia es más clara que el agua de garrafón: en la guerra y en los negocios, el que paga manda… y el que vende, se ríe hasta el próximo invierno.




