En un giro tan predecible como el final de una telenovela, las últimas declaraciones de Donald Trump sobre el T-MEC provocaron un ataque de pánico colectivo. Ante la histeria, la presidenta Claudia Sheinbaum tuvo que pausar su agenda para fungir como maestra de primaria y explicar cómo funcionan los acuerdos internacionales serios.
Un reportero, visiblemente a punto del desmayo, le preguntó a la mandataria este 12 de octubre sobre el supuesto «fin del pacto». Con la paciencia de un santo, Sheinbaum aclaró que el T-MEC es una ley, no un contrato de telefonía que se cancela por capricho. Recordó que el tratado, aprobado por tres senados, tiene su revisión programada para 2026, algo así como la verificación vehicular: es obligatoria, calendarizada y no significa que vayas a chatarrizar el auto si le falla una luz. Es un proceso, no un botón de autodestrucción.
Mientras en Washington se lanzaban frases dramáticas para las cámaras, en México se confirmó que hay conversaciones, pero dentro del marco del tratado vigente. La presidenta precisó que Estados Unidos negocia por separado con Canadá y México, como cuando tus padres te dan tu domingo en privado para evitar peleas. Los temas sobre la mesa son los de siempre: aranceles a coches, acero y aluminio. El objetivo mexicano es claro y pragmático: lograr una disminución de esos gravámenes, no subirse a un ring de lucha libre mediática para entretener al público.
Al final, Sheinbaum confirmó «avances» pero sin acuerdo definitivo, porque las cosas serias toman tiempo. El T-MEC sigue vigente, para disgusto de quienes ya habían comprado palomitas esperando el apocalipsis comercial. La diplomacia, aunque aburrida, parece que sigue funcionando a pesar del ruido y los berrinches transfronterizos.



