En un giro de los acontecimientos más desconcertante que encontrar a tu suegra en Tinder, el Ministerio de Comercio de China ha salido a presumir un nuevo acuerdo con la Unión Europea sobre coches híbridos que, según ellos, es la octava maravilla del mundo. Después de unas «consultas intensivas», que nos imaginamos más como una terapia de pareja a gritos, los chinos aseguran que sus exportaciones seguirán creciendo como la panza en cuarentena y que su tajada del pastel será tan grande como la de cualquiera.
Lo cómico del asunto es que apenas el viernes pasado, el mandamás de Comercio de la UE, un tal Maros Sefcovic, regresó de Pekín más contento que perro con dos colas, anunciando que el acuerdo logrado iba a recortar las exportaciones chinas a más de la mitad. Parece que en el viaje de vuelta le cambiaron la jugada, o que el traductor se tomó unos tequilas de más, porque en China escucharon algo completamente diferente. Es como si uno dijera «cortamos por lo sano» y el otro entendiera «pide otra ronda».
Según el comunicado chino, este pacto de caballeros «salvaguarda firmemente los intereses» de sus empresas, lo que en cristiano significa que seguirán forrándose sin problemas. Además, dicen que evita que la cosa pase a mayores y se líen a arancelazos como si fuera pleito de vecindad. El objetivo, afirman, es crear un «entorno comercial estable, predecible y sostenible», algo tan creíble como un político prometiendo no robar. La única cosa predecible aquí es que el final será como el de La Rosa de Guadalupe: confuso pero con alguien aprendiendo una lección a la mala.
El meollo del acuerdo, que cada quien interpreta a su manera, es que la cuota de coches chinos no será menor que la de otros países y que los europeos no podrán ponerse quisquillosos específicamente con ellos. Para rematar, acordaron «un ajuste al alza» basado en las cifras de 2025, lo que suena a «tranquilos, muchachos, que vamos a vender todavía más». Básicamente, mientras en Bruselas descorchaban el champán celebrando el freno a China, en Pekín ya estaban diseñando el acelerador para el próximo modelo. ¡Una obra maestra de la diplomacia esquizofrénica



