En la VIII Sesión Ordinaria de Morena, el gobernador de Sonora, Alfonso Durazo, se transformó en el entrenador personal del movimiento, sacando el látigo motivacional para los recién coronados coordinadores estatales. Ante una audiencia que incluía aliados del PVEM, Durazo decidió que era un día espléndido para un baño de realidad.
Cual sabio ermitaño bajado de la montaña, recordó que el método de la «encuesta» no es un certamen de belleza, sino una herramienta para «escuchar la voz de la gente». Advirtió sobre la peligrosa tentación de algunos que, en lugar de gastar suela, prefieren gastar billetes para «incrementar ficticiamente su potencial electoral» pagando medios. Según el sonorense, un triunfo así es tan útil para la causa como un paraguas en el desierto. Dijo sin anestesia que una victoria de ese tipo «no sirve al movimiento» y recordó que «ninguna aspiración puede estar por encima de la voluntad colectiva».
Con la sutileza de un yunque, lanzó la frase del día: «No todos los que aspiran ganan, pero no todos los que ganan sirven a la causa». Aclaró que los descartes, como el caso de Tatiana Clouthier o los del PT, no son el drama de una telenovela, sino la prueba de un sistema que busca legitimidad y no «acuerdos cupulares». Insistió en que Morena no nació para «administrar cuotas de poder» como si fueran estampitas de un álbum, instando a no confundir disciplina con silencio cómplice.
Al final, el sermón fue claro: el partido busca líderes comprometidos con los principios de la transformación, no influencers políticos obsesionados con su popularidad. Los nuevos coordinadores asintieron con solemnidad, probablemente mientras calculaban el presupuesto para su próxima campaña en redes.



