El Banco Central de Perú se hace el sueco y deja la tasa de interés quieta

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En una jugada más inesperada que encontrar un billete en un pantalón viejo, el Banco Central de Perú decidió no hacer absolutamente nada. El mandamás del dinero, el veterano Julio Velarde, y su equipo optaron por mantener la tasa de interés en un polvoriento 4,25%, como si la inflación fuera solo un rumor de pasillo. Esta decisión ha dejado a más de uno con la mandíbula en el suelo y la cartera temblando de pánico.

Informe El Chapucero

Los supuestos genios de la economía, esos que andan con calculadoras hasta para ir al baño, quedaron en ridículo. Nueve de cada trece «expertos» encuestados por Bloomberg apostaban todo su sueldo a que la tasa subiría, demostrando que tienen la misma capacidad de predicción que un pulpo en un acuario. Los otros cuatro que le atinaron, probablemente lo hicieron por pura casualidad, como quien gana la lotería con la fecha de cumpleaños de su ex.

Y no es para menos el alboroto, porque la inflación lleva siete meses más descontrolada que fiesta de adolescentes sin supervisión, superando por mucho el límite del 3%. En septiembre, los precios se dispararon un 4,55%, su ritmo más veloz desde 2023, gracias a que la comida cuesta un ojo de la cara y la crisis energética global el otro. Básicamente, ir al supermercado ya es considerado un deporte de alto riesgo.

Pero no se preocupen, que para todo hay una excusa y esta vez se llama El Niño. Velarde ha insinuado que cualquier movimiento futuro depende de cómo se porte este fenómeno climático, que ya anda calentando el mar, arruinando la pesca y amenazando con inundaciones. Es la coartada perfecta: si la economía se va al diablo, la culpa es del clima, no de ellos.

La promesa oficial es que la inflación se calmará y volverá al redil para el lejano año 2027, una fecha tan distante que para entonces quizás ya tengamos colonias en Marte. Mientras tanto, los peruanos tendrán que armarse de una paciencia digna de un monje tibetano y ver cómo su dinero vale cada día un poquito menos. A cruzar los dedos y esperar que el audaz plan de «no hacer nada» funcione por arte de magia.

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